[ENTREVISTAS] El 17 DE OCTUBRE Y EL PERONISMO

Acha: “El 17 de Octubre está en el pasado y el peronismo no le da un solo significado”

Omar Acha es doctor en Historia, docente universitario e investigador del CONICET. Ha publicado “La Argentina peronista. Una historia desde abajo”, entre otros trabajos.

Jueves 15 de octubre | 21:10

LID: ¿Qué fue el 17 de Octubre y qué significado tiene hoy?

Omar Acha: El 17 de octubre de 1945 fue el epicentro de un acontecimiento prolongado entre marzo de ese año y fines de febrero de 1946. En ese año, narrado por Félix Luna en su libro El 45: crónica de un año decisivo, emerge el movimiento peronista. La emergencia es un momento dentro de un proceso en el que sectores de la clase obrera y el movimiento sindical, con enormes vacilaciones, fueron obligados a definirse respecto del ataque de las “Fuerzas vivas” (así se autodenominaban las dirigencias de la burguesía) y de un segmento del Ejército y la Marina, contra la “política obrerista” atribuida al coronel Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. Por añadidura, Perón y el gobierno militar de Edelmiro Farrell eran ubicados en el bando derrotado de la Segunda Guerra Mundial.

A principios de octubre de 1945 el poderoso coronel fue forzado a renunciar a sus cargos en el gobierno militar nacido con el golpe de Estado de 1943. El 17 y 18 de octubre tuvo lugar una movilización popular cuyo recuerdo más conocido es la concentración en la Plaza de Mayo de la ciudad de Buenos Aires, pero fenómenos similares se verificaron en otras ciudades. Tras su discurso en esa noche, renació la carrera política de Perón. Una semana más tarde, la CGT creó el Partido Laborista que fue el puntal esencial en el proceso electoral consumado en febrero del año siguiente con la consagración de Perón como presidente.

El 17 de octubre hilvanó todo ese año de historias donde se entrecruzaron el fin de la Segunda Guerra Mundial, la industrialización desplegada durante los quince años previos, la emergencia de una numerosa clase obrera poseedora de una extensa experiencia de organización sindical, la debilidad de las de políticas inclusivas promovidas por el Estado capitalista, y la crisis del gobierno militar de 1943.

El 17 de octubre tuvo numerosos significados, tanto dentro como fuera del peronismo. En éste, las imágenes del acontecimiento siempre fueron varias aunque Perón soñara con unificarlas alrededor suyo y de Eva Perón. Otros actores peronistas reclamaron protagonismo, y aún quienes aceptaron la centralidad de Perón (empíricamente falsa), le imprimieron sentidos diferentes. Eso no se agotó cuando el peronismo quiso hacerse “régimen” con la reforma constitucional de 1949. En las afueras del peronismo las imágenes fueron aún más diversas. Laboristas como Cipriano Reyes, desde la cárcel, reclamó haber hecho el acontecimiento. Grupos izquierdistas pro-peronistas pero marxistas como la “izquierda nacional” y comunistas expulsados del PC vieron en él una expresión del despertar “nacional” (es decir, no particularista ni separatista) de la clase obrera. La izquierda nacional se decía trotskista por entonces, aunque otros núcleos trotskistas vieron al acontecimiento de octubre como una manipulación urdida por la policía y militares pro-Perón o como un fenómeno de clase capturado a posteriori por el aparato peronista en gestación. Después de 1955, tras el derrocamiento del gobierno peronista, las interpretaciones no cesaron y fueron disputadas incluso por la izquierda peronista contra las ideas de conciliación de clases sostenidas por los sectores “ortodoxos” del propio peronismo.

¿Qué es hoy el 17 de octubre? Para el peronismo, siempre complejo, no hay un solo significado. Pero sí una modificación importante. El 17 de octubre se encuentra en el pasado. Es un símbolo de identidad. Desde un punto de vista ortodoxo en esa tradición, continúa vigente la decisión de Perón, de julio de 1955, sobre que la “revolución peronista” había concluido. Los grupos kirchneristas soñadores de un ideario “setentista” tampoco hicieron del 17 de octubre un acontecimiento obrero. Pienso que la cuestión clave que neutraliza el 17 de octubre en el kirchnerismo es que este ha renunciado a disputar la política en las calles. La difusa opinión antiperonista organiza cada tanto diecisietes de octubre en miniatura desde Barrio Norte y para Barrio Norte (he allí su límite), mientras el peronismo se presenta como el partido del orden a pesar de la cantinela mediática sobre la “grieta”. Para el kirchnerismo sigue vigente la promesa de Néstor Kirchner en 2003 de construir un “país normal”. De manera que el tema ha devenido un asunto esencialmente académico.

En ese ámbito existen dos grandes opiniones. Para algunas, el 17 de octubre fue heterogéneo y popular, mientras que la voluntad de poder del gobierno peronista lo habría convertido en un “ritual” o “memoria” unitarios. La premisa es que las filas peronistas son crédulas, cínicas o sencillistas. Para otras posturas, perduró como un acontecimiento complejo y nunca sometido a un sentido indiscutido. Estas presuponen que sin ser soberanos de sus convicciones, para decirlo con Sartre, los actores individuales y colectivos siempre hacen cosas con lo que se hacen de ellos. Me encuentro más próximo a esta segunda opinión. Quedan varias ignorancias por investigar, tales como la participación de las mujeres, las repercusiones posteriores en diversos ámbitos, la función de los rumores, entre otros. Ha llegado el tiempo de re-escribir el buen libro de Luna con una perspectiva más sofisticada.

LID: Se han planteado diferentes interpretaciones respecto al peronismo como fenómeno político, entre otras, su emergencia como expresión de la burguesía nacional ¿Qué opina de esta visión? ¿Y de las lecturas y debates a que dio lugar?

Omar Acha: La noción de burguesía nacional pertenece al vocabulario ideológico. No es un término histórico-científico. Fue una creación del discurso nacionalista, que adeudó a la izquierda el lenguaje anti-imperialista para oponer burguesías nacionales versus burguesías imperialistas.

En los países del primer desarrollo capitalista (1700-1945), puesto que entonces las dinámicas económicas requirieron un marco jurídico nacional en las relaciones de producción, la historia económica verifica burguesías de alcance económico-jurídico nacional. Si las extensiones internacionales de la inversión prolongaron los intereses burgueses más allá del Estado nacional, el centro productivo, comercial y financiero perduró en el espacio nacional.

Durante las fases de desarrollo interno de tipo industrial, en la Argentina desde 1890 pero sobre todo entre 1930 y 1975, emergieron capitales locales, cuya preocupación central (a diferencia de la burguesía agraria) se aglutinó en el mercado interno. Una intervención estatal que aumentara el consumo popular creaba mayor demanda de sus productos, por lo que el peronismo aparecía como una opción válida mientras no se obrerizara: consagraba la conciliación de clases, destinaba una fracción de la renta agraria a la industria y expandía la demanda interior. Esta lectura tiene dos dificultades. La primera es que los capitales industriales no siempre estaban ni estructural ni ideológicamente opuestos a los agrarios, a los comerciales y a los financieros. Eso podía darse en parte, pero también había numerosos vasos comunicantes en términos de inversión y de lazos de parentesco.

Milcíades Peña exageró la tesis de una sola burguesía, pero la idea puede mejorarse si se incorporan heterogeneidades y brechas intraclase. La segunda dificultad es que la fórmula económica peronista entró muy pronto en crisis. Apenas dos años después de iniciado su primer gobierno, datos inequívocos convencieron a la dirigencia peronista sobre que debían importarse capitales y tecnología, además de resolver las restricciones energéticas. Las limitaciones políticas impidieron a Perón avanzar con toda decisión en esa línea “desarrollista”, que realizaría Arturo Frondizi desde 1958. En suma, no hay razones para hallar en una burguesía nacional un resorte social productivo del peronismo. Las clases no se crean políticamente, a pesar de que Kirchner deseara hacia 2004 edificar o hacer renacer la quimera de la “burguesía nacional”. Ese es el problema que tengo con las interpretaciones discursivas de las ofertas populistas, como la de Ernesto Laclau: sin soportes económico-sociales las formaciones retóricas encuentran una sañuda desmentida. Una cosa es proponer una “comunidad organizada” cuando hay pleno empleo y ascenso social. Otra muy distinta cuando los niveles de pobreza y desocupación son escandalosos, como sucede hoy.

LID: ¿Cuál ha sido la relación del peronismo con las clases medias y otros actores sociales?

Omar Acha: Si me limito a las llamadas clases medias, eso depende de la perspectiva. Desde la voluntad política de Perón, nunca fueron ajenas a su proyecto de construcción de poder. Desde 1943 las convocó a su oferta política y social, y no cejó en esa orientación durante todo el primer peronismo de 1946-1955. Cuando regresó tras el prolongado exilio, en 1973, también las consideró como parte del “pueblo peronista”. La condena de “la clase media” (el pasaje al singular es importante para antropomorfizarla y condenarla en términos morales) provino de sectores ideológicos peronistas y no peronistas, que en diálogo con el nacionalismo e incluso las izquierdas, vieron en ella un apéndice oficioso de la burguesía. La clase media sería entonces europeísta o pro-imperialista, liberal y “cipaya”, antipopular y racista. Esta opinión es equivocada. Se basa en imágenes limitadas de ciertos núcleos. De hecho, si pensamos en el kirchnerismo, los sectores sociales más militantes en su seno, son fracciones de las clases medias, mientras que la clase obrera en un sentido amplio es más escéptica ante sus discursos donde no encuentra materializaciones alternativas a un distribucionismo de corto plazo y exiguo. Los kirchneristas suelen creer que así merecen el voto popular, con una visión de clase media emancipadora hacia el pobrerío inerme. La victoria de Juntos por el Cambio en 2015 desmintió, una vez más, esas presunciones.

Me interesa más la vinculación histórica del peronismo con la clase obrera. Pienso que durante el periodo 1945-1975 el peronismo encarnó para la clase obrera argentina la promesa de un capitalismo más justo y progresivo, lo que en términos discursivos fue una “justicia social” verificada en la experiencia concreta del pleno empleo y el ascenso social intergeneracional. Ese fue el fundamento de lo que he denominado el “anticomunismo obrero” y no la “doctrina” en los labios de Perón, a la que pocos llevaban el apunte.

En los 45 años que nos separan de 1975, fecha parteaguas de una mutación en la sociedad capitalista en proceso de globalización neoliberal, la identidad obrera peronista se ha visto severamente dañada por las sucesivas frustraciones de esa promesa ya imposible. Su drama es ser antimarxista, justo cuando la sociedad capitalista es más global que nunca. En tal escenario, los gobiernos nacionales periféricos son marionetas de fuerzas ingobernables. Si no pueden avasallarlas el Banco Mundial, el FMI o la Reserva Federal, es fácil comprender la fragilidad de un país de mediano porte como la Argentina.

LID: Distintos historiadores han definido la existencia de tres y de cuatro peronismos, ¿Cómo plantearía esa posible periodización hasta el presente? ¿Qué es el peronismo en la actualidad?

Omar Acha: Esas segmentaciones del peronismo suelen provenir desde fuera de la identidad peronista. Casi universalmente, para las y los peronistas, peronismo hay uno solo. Si se reconocen actores indeseables en el movimiento y a lo largo de su historia, son peronistas dudosos, como para la ortodoxia peronista los “zurdos” (cookistas, montoneros, camporistas…) o para la izquierda los “fachos” o “burócratas”. En todo caso, desde la investigación histórica solemos distinguir varias fases de la historia del peronismo.

En la actualidad el peronismo tiene una hegemonía débil del kirchnerismo. El gobierno de Alberto Fernández es una coalición de sectores peronistas (kirchneristas, massistas, pejotistas, cegetistas) con satélites de una progresía con cuadros pero sin votos (Nuevo Encuentro, Patria Grande, PC, entre otros menores). El gran problema con una propuesta populista consiste, para volver a un señalamiento previo, en la carencia de soportes socio-económicos para su anunciada redistribución. Alberto Fernández prometió llenar las “heladeras”. Para las grandes mayorías la heladera está casi vacía.

Pienso que esto no fue malogrado por la pandemia, que desde luego tuvo incidencia. Incluso en su mejor momento, entre 2005 y 2009, el kirchnerismo fue incapaz de revertir el zócalo de pobreza devenido estructural en el país. El extractivismo, el desempleo, la precarización, la financiarización y la toma de deuda no son fenómenos solo argentinos, pero adquieren en este país una agudeza singular, porque coexisten con la vigencia discursiva de la política populista. El clasismo macrista hace aparecer al discurso populista como el mal menor. La izquierda necesita generar una opinión de masas que torne creíble una alternativa a la promesa irrealizable de una sociedad reconciliada.

LID: Lectura sugerida

Omar Acha: El sociólogo Juan Carlos Torre recopiló estudios relevantes en el volumen El 17 de octubre de 1945 (Buenos Aires, Ariel, 1995). Hemos intentado reflexionar sobre el tema con Nicolás Quiroga en “La invención del peronismo y el nuevo consenso historiográfico. Conversación en torno de El día que se inventó el peronismo, de Mariano Plotkin”, en El hecho maldito. Conversaciones para otra historia del peronismo (Rosario, Prohistoria, 2012).

El 17 de octubre hilvanó todo ese año de historias donde se entrecruzaron el fin de la Segunda Guerra Mundial, la industrialización desplegada durante los quince años previos, la emergencia de una numerosa clase obrera poseedora de una extensa experiencia de organización sindical, la debilidad de las de políticas inclusivas promovidas por el Estado capitalista, y la crisis del gobierno militar de 1943.

Omar Acha es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires y por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (París). Ejerce tareas docentes en el Departamento de Filosofía de la UBA y es Investigador Independiente en el CONICET. Entre sus últimas publicaciones se cuentan los libros Cambiar de ideas. Cuatro tentativas sobre Oscar Terán (2017), Encrucijadas de psicoanálisis y marxismo. Ensayos sobre la abstracción social (2018), La Argentina peronista. Una historia desde abajo (2019) y, en colaboración, La soledad de Marx. Estudios filosóficos sobre los Grundrisse (2019).






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