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Acerca del periodismo: usos y abusos del off the record

La renuncia del ministro Kulfas como producto de la interna oficialista puso, involuntariamente, en el centro de la escena a una de las herramientas primordiales de la investigación periodística. Desde Watergate a los chanchullos menemistas, de Spotlight a los crímenes cotidianos, el “off” vale para proteger fuentes que, de otra forma, no hablarían. Entenderlo bien y usarlo mejor, una norma del oficio que no se debería bastardear.

Adriana Meyer

Lunes 13 de junio
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Foto Wrdfree.com

Una veterana profesora de periodismo solía anticiparse al festival de egos que acontece en este oficio al citar a Osvaldo Soriano, cuando el popular escritor decía que el diario es el papel para envolver el bofe del gato al día siguiente. La imagen de sus nombres –futuros redactores– en letra impresa teñidos de sangre y pedazos de vísceras era efectiva y venía acompañada de la explicación de las “dos reglas de oro” del periodismo: la verificación con fuentes y el respeto del off the record .

Precisamente por encontrarse en un aula universitaria, la docente insistía en exagerar la argumentación al hablar del “oficio” periodístico, nada de profesión. “Antes de las facultades de periodismo los hombres y mujeres de prensa básicamente eran autodidactas y muy cultos”, repetía año a año. “Las reglas prácticas son pocas y simples, se aprenden en un mes de ejercicios y prácticas”.

Luego venía el ejemplo de un Papa muerto en Roma, que luego del chequeo de la información sería un jefe de la Iglesia católica “asesinado en Castelgandolfo”. Y enseguida el tan vapuleado “off”. Básica la explicación, el off era aquello que un entrevistado, una fuente, dice cuando nuestro grabador está apagado, en tanto el “on” sucede mientras el dispositivo se encuentra encendido.

El resguardo de la identidad y procedencia de las fuentes de información periodísticas está protegido por la legislación nacional e internacional para el libre ejercicio periodístico, pero sobre todo para garantizar la libertad de expresión y la pluralidad de voces. ¿Qué estarían pensando quienes legislaron así? Seguramente no en la “comodidad” del periodista sino más bien en la protección de las fuentes, que de otra manera no hablarían.

Cada vez que alguna avivada ponía en jaque una noticia obtenida en off, la profesora protestaba indignada ante sus estudiantes y les recordaba que el 90 % de la información política se basa en él, y el 99 % nutre al periodismo de investigación (PI).

Esta rama periodística puede ser definida como "una peculiar particularidad periodística determinada por la metodología que el profesional emplea para la obtención de los datos; una especial relación con determinadas fuentes de información y la búsqueda de objetivos concretos relacionados con el papel de crítica social que deben jugar los medios de comunicación en una sociedad democrática con una prensa auténticamente libre" -citado por Caminos Marcet, 1998- (1).

Petra Secanella agrega que la auténtica dimensión del PI viene dada por el hecho de que “el periodista encuentra una firme oposición a la marcha de sus investigaciones. Las personas investigadas siempre intentan esconder al público unos datos que les implican en actividades irregulares”.

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Siempre en plan docente, nuestra protagonista no tiene reparos en relatar qué fue Watergate , acaso porque a riesgo de parecer incultos muchos no admiten que no tienen ni idea de qué fue. En los años 70, los periodistas del Washington Post , Bob Woodward y Carl Bernstein, contribuyeron con sus investigaciones a desenmascarar una gran red de espionaje político, impulsada por el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon. El escándalo llevó incluso a la dimisión de Nixon.

A raíz de sus investigaciones, Woodward y Bernstein recibieron el prestigioso premio Pulitzer y, sin buscarlo, marcaron un hito en la historia del periodismo de investigación. Su principal fuente era denominada “garganta profunda”. Su identidad fue revelada recién en 2005, era un exdirector del FBI llamado Mark Felt, a esa altura ya se había generalizado el uso de “garganta profunda” como práctica de proveer información de forma anónima e incluso indirecta.

Más recientemente, a raíz del trabajo del grupo de investigación Spotlight , perteneciente al diario Boston Globe , se logró descubrir una red de encubrimientos de casos de pederastia cometidos por decenas de sacerdotes en un período de casi veinte años. El encubrimiento implicaba al mismo arzobispo de la arquidiócesis de Boston, Bernard Law, quien luego del escándalo fue nombrado arcipreste de la Iglesia de Santa María Maggiore en Roma y no pudo ser procesado.

Este caso abrió el debate sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes alrededor del mundo y encubiertos por la Iglesia católica. En este mismo diario, una épica saga viene investigando el colega y editor de La Izquierda Diario, Daniel Satur.

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Hacia fines de los años 80 en Argentina, el diario Página12 supo concentrar el foco en sucesivas investigaciones sobre la corrupción menemista y también sobre derechos humanos y represión. “Las fuentes con las que trabajo son débiles, vulnerables, son empleados, trabajadores; entonces mi primer cuidado es no dar ningún dato que revele el origen de la información, y si dar la información implica dar el dato de quien lo reveló prefiero no informar, no tengo posibilidades de resarcirlo, no pagamos información” (2), dijo la periodista Susana Viau, autora de la serie de notas que conformaron los escándalos de la leche contaminada del exsecretario de Carlos Menem, Miguel Angel Vicco y del libro El Banquero-Raúl Moneta: un amigo del poder en la ruta del lavado , una dura biografía sobre el empresario.

En sus inicios como periodista, a la veterana profesora alguien le había dicho que en la cobertura de la rosca política, la mejor información sobre un partido no la iba a encontrar en su opositor sino dentro del mismo partido. La famosa “interna”, y las luchas de egos pueden más que cualquier compromiso con sus propias plataformas y los compromisos con los votantes. En esa tarea, el uso del off the record se vuelve cotidiano, se usa y se abusa de él.

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El legítimo resguardo de las fuentes, vital para investigar, termina contrapuesto a los negocios entre los factores de los poderes económicos, políticos, judiciales, en el accionar de operadores y mercenarios mediáticos con ropaje de columnistas, conductores o editorialistas. Ellos utilizan el off tanto como el aire que respiran.

Sin embargo, en forma cíclica, cada tanto tiempo alguien vulnera la herramienta revelando la identidad de la fuente y profundiza el daño, el vale todo. El caso más emblemático quizás haya sido el de la periodista Gabriela Cerruti cuando “conversó” con el represor Alfredo Astiz y luego publicó el contenido de la charla en la revista Tres Puntos , en 1998. El fin de poner en evidencia a un genocida (que dijo ser “el hombre más preparado para matar a un político o a un periodista”, lo que le costó ser expulsado de la Marina) justificaba el medio: violar el off the record. Porque Astiz negó haber concedido una entrevista.

Años más tarde vendría un grupo de periodistas parlamentarios que ocultó sus grabadores encendidos para registrar comentarios de diputados sobre hechos de corrupción. Y luego el boom de las cámaras ocultas, que finalmente resultaron válidas sólo si antes cuentan con el aviso al juez de turno.

En cada uno de esos episodios, quienes se dedican al periodismo de investigación clamaban que el off no es para proteger políticos y hacer operaciones sino para proteger fuentes que se la juegan. Decía la docente que se trata, en definitiva, de un oficio como el ser plomero, de modo que bien podríamos imaginar que en cada uno de esos momentos todas las cañerías estallan, como en la película Mi primera boda (de Ariel Winograd, con Natalia Oreiro y Daniel Hendler).

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Puede parecer que la violación de un off tiene el barato costo de la salida de un ministro del gabinete, como el reciente episodio de Matías Kulfas y sus dichos en off the record sobre el gasoducto de Vaca Muerta, pero es todo el oficio el que sufre. Sin embargo, como la base del aporte de información a cambio de la reserva de identidad es la confianza, pasado el efecto del estallido un nuevo periodista de investigación volverá a ganarse una valiosa fuente en base a construir su relación en base a ese perenne valor.

“Off y on the record” (fuera y dentro de la grabación), no “off de record” como escribió alguien hace muchos años en una redacción de avenida Belgrano (y salió publicado). Entenderlo bien y usarlo mejor. Ése sigue siendo el elogio de las simples pero esenciales pocas normas del oficio, por lo que aún pueda valer.


(1) Dafne García Lucero, El periodismo de investigación en Argentina, Razón y Palabra,
(2) Martín Becerra y Alfredo Alonso (comp.) La investigación periodística en la Argentina, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2007.


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