SUPLEMENTO

La juventud dice basta: tenemos que organizar y politizar nuestra rabia

Pablo Castilla

La juventud dice basta: tenemos que organizar y politizar nuestra rabia

Pablo Castilla

Apuntes sobre un curso de universidad pandémica al calor de las manifestaciones juveniles en Catalunya por la libertad de Hasél y la ola de protestas juveniles que recorre el mundo.

Recientemente hemos visto cómo la juventud ha sido protagonista de los grandes fenómenos de la lucha de clases en todo el mundo. En Estados Unidos como parte del Black Lives Matter; en Chile en las movilizaciones que abrieron la puerta a la caída de la herencia pinochetista fueron iniciadas por estudiantes; en Colombia las y los miles de jóvenes enfrentan la represión del ejército; la juventud palestina enfrentando al Estado genocida de Israel y poniéndose a la cabeza de una huelga general que paralizó los territorios palestinos y un buen número de actividades de la economía israelí. Cuatro ejemplos de una larga lista en un mundo cada vez más convulso como producto de la crisis desatada por la pandemia.

En el Estado Español, a pesar de los esfuerzos pasivizadores del reformismo en el poder y las burocracias sindicales y de los movimientos sociales, también ha habido muestras de esta ola de indignación que arraiga con fuerza en toda una generación.

La principal la vimos este año cuando estallaron movilizaciones masivas en todo el Estado contra la entrada en prisión del rapero Pablo Hasél, encarcelado por cantar contra la monarquía borbónica, una familia que vive en el lujo a costa del pueblo trabajador. El caso de Catalunya fue especialmente destacado, donde las manifestaciones se prolongaron durante más de dos semanas con concentraciones espontáneas que enfrentaban la represión de la policía a cargo del Govern de la Generalitat.

En esta semana saltaba un nuevo caso represivo escandaloso. Marcel, un joven que se manifestó en 2018 contra un acto de la ultraderecha, era condenado a cinco años de prisión. En este caso la Generalitat ha actuado de acusación, lo que constata aún más que el procesismo no es ningún aliado ni siquiera en la lucha antirepresiva. Las movilizaciones exigiendo su absolución de estos días son un posible aviso de que, en caso de que se produzca la entrada en prisión, puede volver a estallar una ola de movilizaciones como las de febrero.

¿Qué había detrás de las protestas por la libertad de Hasel? ¿qué potencialidad mostraron para pensar las vías para iniciar un nuevo ciclo de luchas contra los efectos de la actual crisis? ¿cuáles fueron sido sus límites? ¿qué lecciones nos deja para las luchas de la juventud por nuestras reivindicaciones en el próximo periodo? Sobre estos interrogantes trataremos de reflexionar en este artículo.

La juventud y los daños colaterales del coronavirus

Cuando pensamos en los efectos de la pandemia sobre las distintas generaciones, la juventud aparece como una de las más golpeadas. Diversos centros de estudio y grandes medios han dedicado monográficos a analizar una realidad que despierta los temores por arriba de que se está cultivando una legión de jóvenes desafectos con el orden establecido.

No cuentan solo los efectos inmediatos de un año y medio en nuestras vidas – que los hay – sino también las perspectivas de futuro que nos deja. Paro, aumento de la precariedad, aislamiento social, problemas de salud mental, criminalización o crisis educativa son solo algunas de las consecuencias para la juventud gracias a la gestión de los diferentes gobiernos.

En el ámbito educativo, las facultades han estado prácticamente vacías o cerradas – como en el caso de las catalanas – desde el inicio del año académico, imponiendo la docencia híbrida u online, en vez de garantizar las condiciones para un retorno seguro a las aulas. Como ya se hizo durante el confinamiento, la enseñanza a distancia se implantó sin garantizar los recursos necesarios a quien no los tuviera y sin tener en cuenta la realidad de miles de estudiantes que no disponen de espacios de estudio en casa.

Aun así, se han seguido pagando las matrículas universitarias, que siguen siendo superiores a los 1.000€ en Madrid o Cataluña, donde pese a la rebaja de las tasas del Govern, siguen sin recuperarse los niveles previos al tasazo de 2012. Por supuesto, ninguna de las medidas excepcionales tomadas durante la pandemia se ha tomado consultando al estudiantado, sino a puerta cerrada por parte de la casta universitaria, los gobiernos autonómicos y los representantes estudiantiles adaptados a la administración burocrática.

En el terreno laboral los y las jóvenes también hemos sido uno de los sectores más golpeados. Según datos del Instituto de la Juventud (INJUVE), el pasado verano el empleo juvenil cayó un 14,1% con respecto a julio de 2019, lo cual supuso un golpe duro para la juventud que depende del trabajo estacional como única fuente de ingresos. Además, el cierre o reducción de actividad en sectores con alto porcentaje de empleo juvenil, como el ocio o la restauración, ha contribuido a engrosar la tasa de paro juvenil, que se sitúa entre las más altas de la UE rondando el 40%.

El aislamiento social se ha extendido con el cierre las universidades o la limitación de los espacios de reunión y de ocio para la juventud, lo cual ha hecho aumentar los problemas de salud mental. La criminalización de los medios de comunicación y los políticos contrastaba con el 50% de los jóvenes de todo el mundo que, según datos de la OIT, sufrían síntomas de ansiedad o depresión a raíz de la pandemia. Si hablamos de la juventud de los barrios obreros, y muy especialmente la de origen inmigrante, a esta situación se suma el acoso y la represión policial cotidiana.

Estos son algunos de los daños inmediatos, pero los costes más duros para la juventud están por venir. Son los planes de ajustes, las reformas laborales, la reforma de pensiones, la precarización del trabajo, la destrucción de empleo y los recortes que vendrán de la mano de los venerados fondos europeos. Los y las jóvenes no podemos comprarnos un piso, pero ya nos han hipotecado la vida para rescatar a las grandes empresas.
No era solo por Pablo Hasél

Como decíamos muchos jóvenes de las manifestaciones contra el encarcelamiento del rapero, “no es solo por Pablo Hasél”. Las protestas de aquellos días expresaban el malestar profundo de toda una generación con las consecuencias más aberrantes de este sistema capitalista. Muchos jóvenes migrantes o de origen migrante también se sumaron, como ya pasara en las manifestaciones contra la sentencia del procés. También como entonces la represión policial y judicial se cebó en especial contra ellos, pues a los golpes y las detenciones se les suma la amenaza de deportación.

Quienes salimos aquellos días somos la juventud que ha crecido marcada por la crisis del 2008 y que ahora enfrenta la del coronavirus con una pauta común: los gobiernos de turno protegiendo a las grandes fortunas y haciéndosela pagar a la clase trabajadora y los sectores populares. Gran parte de quienes salíamos aquellos días, mientras nuestros padres se deslomaban en trabajos precarios, fuimos criados por nuestros abuelos y abuelas, los mismos que malviven con pensiones de miseria, viendo como sus nietos se manifiestan por un rapero encarcelado por cantar contra la monarquía heredera del régimen contra el que ellos y ellas lucharon.

Matarse a trabajar toda la vida y confiar en reformas parciales que mejoraran el mundo poco a poco: el cuento que nuestros abuelos fueron obligados a creerse, que contaron a nuestros padres y que ahora vemos aún más claro que no se sostiene.

Ahora, nuevos y viejos reformismos, Podemos y el PCE e IU, nos han querido vender el cuento de que con ellos en el poder junto a los social-liberales de siempre, todo iba a mejorar. Pero ha bastado menos de un año en el gobierno para demostrarnos que el reformismo del siglo XXI no solo tiene las manos vacías, con solo migajas que ofrecer, sino que en lo fundamental aplica las mismas políticas de rescate de las grandes empresas y defensa del legado neoliberal de los gobiernos del PP y el PSOE, como las reformas laborales, de pensiones o hasta la ley Mordaza.

En Catalunya este relato tuvo la expresión particular del “procesismo”. Una hoja de ruta basada en gestos y presión sobre el Estado, para construir una república de la mano de los mismos partidos que han gobernado y gobiernan al servicio de La Caixa y las grandes empresas y familias catalanas. La claudicación de 2017, la brutal represión de la Generalitat – que esta semana tuvo un nuevo episodio con la condena a 5 años de cárcel a Marcel, un joven que se manifestó contra la extrema derecha en 2018 – y la criminal gestión de la pandemia y la crisis por los Govern de Torra y Aragonès, desnudan que el “procés” no solo era un engaño mágico, sino un proyecto reaccionario.

La lucha por la autoorganización y contra los desvíos que buscan contener la rabia: el ejemplo de la izquierda independentista juvenil

Si Catalunya fue el lugar de todo el Estado donde el movimiento por la libertad de Hasél tomó más fuerza, es importante pensar qué lecciones inmediatas dejó. La represión policial, la falta de perspectiva y organización hicieron que el movimiento acabara retrocediendo. No es la primera vez que una fuerte explosión de lucha callejera pasa sin dejar un poso de organización para no partir de cero en las siguientes batallas.

Si algo nos enseñan movilizaciones como las de este año, o las del otoño de 2019 contra la sentencia del procés, es que si bien la rabia puede estallar de forma espontánea, no basta por sí sola. La falta de autoorganización impide que existan las instancias en las que discutir desde abajo por qué pelear, cómo hacerlo y junto a quién, así como crear organismos que perduren más allá del estallido coyuntural y sirvan para no empezar de cero en futuras luchas. Ahora bien, ninguna de estas cosas cae del cielo, sino que es responsabilidad de las direcciones políticas actuantes desarrollarla o, como viene sucediendo, bloquearla.

El Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans (SEPC) como corriente mayoritaria en la universidad, y Arran como organización juvenil principal en Catalunya, demostraron una vez más este curso ser contrarias al desarrollo de la autoorganización. Como ya pasó durante las manifestaciones contra la sentencia del procés en 2019, se produjo una contradicción: mientras miles de jóvenes llenaban las calles por la noche y enfrentaban la represión policial, las asambleas de facultad e instituto estaban vacías o eran inexistentes.

Si bien el SEPC convocó una huelga universitaria, mantuvo su línea permanente de evitar cualquier desarrollo de asambleas masivas en las facultades, negándose a impulsar comités de urgencia ante la situación vivida. Acorde con su rol de burocracia sindical estudiantil, su lógica es la de tratar de dirigir el movimiento desde arriba a costa de impedir que se masifique y les sobrepase. Mientras que miles de jóvenes se manifestaron durante días, el movimiento estudiantil organizado no ha crecido.

Esta contradicción en el plano de la organización tiene su correlato también en el de las reivindicaciones y orientación política hacia la que se ha querido canalizar el malestar juvenil. La radicalidad y el malestar profundo de las protestas contrasta con la hiper moderación de la principal campaña conocida del curso universitario, la campaña del “Compromís”. La falta de autoorganización hacía esto más posible.

Se trata de un programa de mínimos conocido que ha puesto el centro de gravedad en conseguir un acuerdo con los rectores que se limita a una vaga promesa de trabajar para equiparar el precio de los másteres y grados y grados entre sí, siendo los grados más baratos superiores a 1.000€; garantizar la remuneración de las prácticas; apoyo de la Universidad a los encausados por defender la universidad pública; mejorar los protocolos de género y la garantía de poder estudiar en catalán. Para colmo, conseguir estos objetivos se plantea para el largo plazo.

Esta fue la propuesta del SEPC. Para que las asambleas de facultad la aprobasen hacía falta que éstas no fueran ni muy masivas ni que estuvieran “a tono” con el malestar que se expresaba en las calles. Además de lo moderado del programa, el movimiento se limitaba a exigir un compromiso a los rectores, negándose explícitamente a plantear cualquier denuncia o exigencia a la Generalitat, con la que, ¡oh casualidad!, la CUP estaba en plenas negociaciones de investidura.

Así, la perspectiva que se ofrece a la lucha de los y las estudiantes es la de limitar sus demandas a los puntos del “Compromís”, dejando de lado otras como la pelea por la gratuidad, por la salida de las empresas de la universidad o acabar con el trabajo no remunerado o en condiciones de ultraprecariedad de prácticas y becas, y apostando por una hoja de ruta basada en la subordinación del movimiento a los humores de la casta universitaria, sin perturbar lo más mínimo al nuevo Govern de ERC y JxCat, los responsables políticos de la crisis universitaria.

La política de esta burocracia estudiantil, como organización alineada con la CUP, ha sido pues coherente con el temor a un posible desarrollo de un movimiento que denunciara la represión de la Generalitat durante las protestas y su rol criminal con la gestión de la pandemia. Un sujeto nada cómodo para el “nuevo curso” de la CUP, que estaba en plena negociación de un nuevo gobierno de ERC y JxCat mientras las calles ardían, y sigue sin romper el acuerdo de legislatura firmado con el President Pere Aragonès, a pesar de su rumbo cada vez más abiertamente autonomista y neoliberal, como hemos visto estos días con la instantánea junto al Rey en el Círculo de Economía.

Como ha sucedido en los últimos años de procesismo, las principales organizaciones juveniles de la izquierda independentista se han mantenido fieles a línea de subordinación a los partidos de la burguesía catalana.

La ilusión de la “revuelta”: los límites de la rabia

La visión distinta muy presente en el movimiento juvenil catalán, y en gran parte del Estado, es aquella que sostienen otras corrientes anarquistas o autonomistas. Una estrategia que mantiene una confianza casi absoluta en la movilización permanente de per se – sin demandas ni sujeto claros – como mecanismo que hará cambiar de opinión a los gobiernos. La espontaneidad del movimiento y los estallidos de rabia por sí solos como herramienta de transformación.

Se sobrevalora así la capacidad de la protesta social desorganizada, a la vez que se subvalúa la importancia de una organización duradera y desde abajo y la lucha política contra las corrientes que trabajan conscientemente para limitar sus objetivos.

Los fenómenos de lucha espontáneos enfrentan un doble problema. Por un lado, la ausencia de autoorganización impide que el estallido de rabia puede hacerse carne en organismos que perduren más allá de la explosión coyuntural y sienten las bases para discutir las demandas y los métodos de lucha del movimiento. Por otro lado, los movimientos acaban por buscar una orientación política tarde o temprano y, ante el rechazo de los sectores autonomistas a la política, se abre la puerta a que la lucha sea cooptada por otras corrientes, ya sean reformistas o de conciliación con el gobierno independentista, que tratarán de desviar el descontento.

La historia del procés, sobre todo los otoños de 2017 y 2019, son dos grandes ejemplos de esto. Momentos en los que la calle amenazaba con desbordar – con experiencias de autoorganización como los CDR o la ocupación de escuelas, e incluso hitos en el movimiento obrero como la huelga del 3-O – pudieron ser contenidos y desviados por las direcciones burguesas y pequeñoburguesas del independentismo, a falta de una autoorganización sólida y una alternativa política al republicanismo mágico de JxCat, ERC y las entidades soberanistas.

En el caso de las movilizaciones por la libertad de Hasél, desarrollar organismos de autoorganización y pelear públicamente contra las organizaciones que los bloqueaban como parte de una política de contener la rabia y no entorpecer las negociaciones de la investidura, era igual de importante. Desde Contracorrent así lo tratamos de hacer, planteándoselo al resto de organizaciones estudiantiles pese a su negativa, llegando a reunir a jóvenes de institutos, universidad y trabajadores en una asamblea contra la represión y la Corona durante las semanas de protestas y denunciando las negociaciones de investidura de la CUP con los mismos que enviaban a los Mossos todas las noches a reprimirnos.

Esta es una pelea permanente que está planteada en los diferentes escenarios. En Madrid, nuestras compañeras y compañeros la plantean sistemáticamente en la Universidad Autónoma y la Complutense. Este curso promoviendo asambleas contra los exámenes presenciales, y peleando a aquellas asociaciones vinculadas al PCE e IU, que querían evitar a toda costa que se señalase la responsabilidad política de su gobierno. O en el 8M, junto a la agrupación Pan y Rosas, peleando y desafiando las prohibiciones a manifestarse de la Delegación del Gobierno.

Por un movimiento estudiantil aliado con la clase trabajadora e independiente de los partidos y gobiernos de los empresarios

Por otro lado, la confianza casi absoluta en la movilización social espontánea tiende a medir ésta únicamente en términos numéricos. Se valora por igual si quienes participan son trabajadores del transporte, estudiantes universitarios o clases medias que ven frustradas sus aspiraciones de ascenso social. Se obvia, o en ocasiones se niega abiertamente, que existen sectores con mayor poder de fuego que otros para poder poner contra las cuerdas al Estado capitalista. No es lo mismo una huelga estudiantil que una huelga del transporte, como tampoco es lo mismo el cierre de pequeños comercios que la paralización de toda la industria alimenticia.

Las protestas contra el encarcelamiento de Hasél fueron protagonizadas casi enteramente por la juventud. Como en otros momentos de la historia esto implicaba al mismo tiempo una gran potencialidad y un límite, y para superar este último era clave apelar a la clase trabajadora y sus organizaciones para que tomaran también en sus manos la “agenda” de reivindicaciones por las que nos movilizábamos todas las noches.

El movimiento estudiantil debemos pensarlo más allá de los institutos y universidades si queremos conseguir nuestras demandas. Crear espacios de autoorganización en los centros de estudio es el primer paso no solo para discutir por qué programa pelear y cómo hacerlo, sino también para tender puentes con los sectores en lucha de clase trabajadora, aquella que efectivamente tiene la capacidad mover la economía.

Espacios de este tipo donde los y las jóvenes hubiéramos tomado conjuntamente las demandas de los sectores de la sanidad en lucha, los docentes precarizados o de las fábricas que cerraban además de las nuestras propias. Se trata de que la juventud actuemos como punta de lanza para despertar al gigante dormido de la clase trabajadora, algo fundamental para poder luchar por resolver las principales demandas democráticas y sociales de forma totalmente independiente de los partidos y gobiernos al servicio de la patronal, confiando solo en nuestras propias fuerzas y métodos de lucha.

Por esta perspectiva es por la que peleamos desde Contracorriente y Pan y Rosas en nuestros centros de estudio y de trabajo. Trabajando por la unidad obrero-estudiantil solidarizándonos con luchas como la de los trabajadores de Nissan y las subcontratas contra el cierre en Barcelona, las trabajadoras de la limpieza del Hospital Marañón en Madrid contra la privatización o recientemente en Zaragoza junto a la huelga de ambulancias, autobuses y tranvías.

La necesidad de construir una izquierda revolucionaria en el siglo XXI

La generación que nos movilizamos a raíz del encarcelamiento de Hasél somos la misma que ha visto como ERC-Junts nos reprimía en las movilizaciones, aplicaba sus políticas neoliberales y se negaba a movilizar las únicas fuerzas sociales capaces de conquistar el derecho a la autodeterminación. La burguesía catalana es tan incapaz de resolver el problema democrático de la autodeterminación como enemiga de la clase trabajadora en sus aspiraciones de transformación social.

Asimismo, hemos visto a Podemos o IU pasar rápidamente de criticar a la casta y querer reformar el régimen a ser parte de un gobierno con el PSOE que reprime manifestaciones, aumentar el presupuesto de la Casa Real, enviar el ejército a Ceuta y destinada los fondos de la UE a las grandes empresas. Quienes decían venir a defender a los de abajo han acabado protegiendo a los capitalistas y descargando la crisis sobre la clase trabajadora (una vez más).

El panorama internacional da muestras del aumento de la tensión social y la lucha de clases. En los últimos meses hemos visto el Black Lives Matter como estallido del pueblo negro contra el racismo del imperialismo estadounidense; la revuelta chilena contra el régimen heredero del pinochetismo; la huelga general palestina contra el estado genocida de Israel; grandes huelgas obreras en Francia y movilizaciones de los Chalecos Amarillos; ocupaciones de tierra en Argentina... Pensar que el coronavirus va a acabar con esta tendencia es ingenuo. De hecho, el FMI ya anuncia que después de la pandemia "el riesgo de tensión social se dispara" y aumenta "el riesgo de disturbios y manifestaciones antigubernamentales."

Ante el estallido de nuevos procesos de lucha, resulta necesario organizar la rabia y también politizarla. Desde esta perspectiva este curso Contracorriente y Pan y Rosas estamos dando pasos en organizar a decenas de jóvenes, con varios encuentros estatales que reunieron a más de 200 jóvenes, sumando así más fuerzas para conseguir multiplicar estos pequeños ejemplos que muestran otro movimiento estudiantil distinto por el que pelear.

Ante los problemas de la clase trabajadora y los sectores populares, hace falta convertir el malestar profundo en un programa que les dé respuesta atacando a los capitalista. Frente al problema de la vivienda, defendamos la expropiación de los pisos vacíos en manos de grandes tenedores; ante el aumento del paro y la precariedad, luchemos por el reparto de horas de trabajo sin reducción del salario; nacionalizar sin indemnización los sectores estratégicos de la economía como las eléctricas o las agroalimentarias para llevar a cabo una transformación de la producción compatible con la vida en el planeta; basta de que las farmacéuticas se lucren con las vacunas, peleemos por la liberación de las patentes; sufraguemos una sanidad y educación totalmente públicas mediante impuestos a las grandes fortunas.

Un programa que enfrente también al imperialismo español que expolia a los pueblos hermanos de América Latina y África, militariza las fronteras y somete quienes logran cruzarlas a la sobreexplotación laboral, la falta de derechos y el racismo institucional. Luchemos contra la represión que padecen cotidianamente las personas migrantes, por el cierre de los CIEs, el fin de las leyes de extranjería y la devolución de los enclaves coloniales de Ceuta y Melilla, así como por la nacionalización de las multinacionales españolas y la devolución de todos lo expoliado.

Tampoco basta con la necesaria autoorganización de los movimientos llegado el momento, desde ahora hace falta la construcción de partidos revolucionarios en cada país y a nivel mundial que peleen con una estrategia de independencia de clase que luche por un programa como este. Nos referimos a una fuerza material de miles que intervenga en movimientos como el antirracista, el estudiantil y el de mujeres para construir fracciones revolucionarias en alianza con la clase trabajadora.

Sin duda, los y las jóvenes no somos capaces de llevar a cabo tal tarea por nosotros mismos, pero sí podemos ser parte de ella. León Trotsky decía: "La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente.” En este sistema capitalista que nos quita hasta el tiempo, dedicar nuestra vida a construir un partido revolucionario no es ningún sacrificio, sino una liberación.


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Contracorrent Barcelona
Estudiante de la UPF
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