Cualquier similitud con la realidad...

Cuento: "Disculpe las molestias, estoy abriendo los ojos"

Un sueño premonitorio entre llamada y llamada en el call center, la realidad de la ciudad que la despierta de un cachetazo, una “noticia de último momento” que la empuja a la calle. Un relato sobre la juventud y el país del FMI.

Josefina García

Trabajadora de call center y estudiante

Viernes 3 de diciembre de 2021 | 13:47

Absorta, Jessica repetía un sinfín de veces la frase "disculpe las molestias" durante el día. A veces en el mismo llamado y también cuando iba al almacén a comprar comida. Se daba cuenta de esa automaticidad y se reía de sí misma.
Pero esa mañana de jueves sentía que no podía estar en modo automático. Llovía, y mucho. Sabía que el tren iba a estar atiborrado de gente con sus pilotos mojados y sus paraguas rotos, con alambres que se separan de la cobertura de tela por el viento fuerte y pinchan las piernas a los viajantes. El subte no iba a ser mejor. En días grises, debajo de la tierra una pileta de agua sucia supera a los breves charcos de gotera. Así que sabía que esa mañana tenía que salir a la calle como quien enfrenta un fin de mundo, con un impermeable con capucha y unas botas que habían sido de su papá.

Tal como lo previó, ese viaje fue casi inviable. Sobre todo porque el subte se quedó parado como 20 minutos. Pero ella eligió hacer ese viaje igual porque le encantaba llegar tarde al trabajo, y que sus supervisoras no tuvieran nada para reprocharle, porque no podían enojarse con ella porque llovía o porque el transporte funcionaba mal. Entonces cuando bajó en la peatonal de las oficinas, aprovechó ese changüí de horario de la lluvia y se compró un café en uno de los carritos, para aprovechar algo caliente antes de entrar. Se quedó tomándolo 10 minutos abajo de un techo y luego entró.

En la oficina todos hablaban menos que de costumbre. Algunos todavía tenían en la cara la marca de la almohada. Leo, el de dos box al lado del suyo, cada tanto luego de un largo llamado se estiraba en su silla giratoria mientras bostezaba y decía: “Debería estar prohibido venir a trabajar con lluvia”. Y Joel contestaba que quisiera volver a trabajar en casa. Micaela, que por su parte no le gustaba ni un poco la idea, repetía siempre que salía el tema y por lo bajo para que no la escuchen y muteada para que no se entere ‘el cliente’: “Yo a trabajar desde mi cama no vuelvo. Es como dormir con tus jefes”.

“Ninguno tiene ganas de estar acá”, pensó Jessica, que volvió a estar absorta, sin participar de la conversación. Veía a Sofía en el box de al lado. Era ‘la nueva’ como se le decía a la gente que pasaba por tres meses en la oficina y después no se veía nunca más. Sofía era distraída pero inteligente. Siempre tenía algo ocurrente para responder, pero solo si era respuesta porque nunca quería entrometerse en una conversación así de una. Además era ‘la nueva’ y cada palabra que salía de su boca tenía que tener distintas capas de filtros mentales para no equivocarse. Sofía había estado haciendo varias “changas” y la última había sido vender empanadas en la estación. Por eso este trabajo, aunque fuera por tres meses, le parecía oro. Jessica siempre la veía en su distracción, pintando flores de lapicera en una hoja mientras hablaba, o cuando no caía ningún llamado, escribiendo no sabía qué palabras. Aunque estaba en su mundo Jessica también era medio chusma, así que miró de reojo lo que Sofía escribía. No llegaba a leer todo porque la letra era muy chica, pero una parte se leía claramente:

“quisiera

hacer lo que quiero

sin morir en el intento”

Así escrito, una palabra encima de la otra, como una canción. Jessica no entendía por qué pero veía a Sofía sin parpadear mirando a la hoja por dos minutos hasta que le cayó el siguiente llamado.

Por suerte era jueves y después del trabajo no tenía qué hacer más que volver a su casa. Y con lo que costaba, porque era una hora de viaje y la multitud que entraba por la boca de las estaciones ya sabía que iba a ser caótica. Siempre salía enojada del trabajo por lo que prefería hablar lo menos posible durante el viaje, sin mirar el celular.

Después de hora y media ya estaba en su barrio, por suerte vivía a diez cuadras de la estación, que por la lluvia de ese día no le pareció que la suerte fuera tanta. Pero se dijo que antes podía pasar por el almacén y comprar las cosas para la cena, dispuesta a no salir hasta el otro día.

Cuando llegó, su mamá estaba en camisón cocinando tortas fritas, lo cual la alegró mucho. La saludó y se desparramó en una silla, agotada.

  •  ¿Cómo te fue?
  •  Meh, ¿a vos? ¿cómo te fue en la entrevista?
  •  No sé, había mucha gente joven. - contestó la mamá- Espero que tomen en cuenta mi experiencia, la verdad. Nos hicieron hacer juego de roles, y jugar entre nosotros. Parecíamos dos perros por un hueso. No sé si me animé a hablar por encima de los demás. Me dijeron que como mucho mañana me avisan si quedo.
  •  Bueno, esperemos el llamado entonces.

    Ninguna de las dos tenía muchas ganas de hablar. Se dedicaron a tomar mate con las tortas fritas y mirar la televisión. En el noticiero había un especial que mostraba las mansiones de los famosos, esas casas último modelo, adornadas de forma minimalista porque la capacidad del espacio les permitía no tener los muebles amontonados; había un concepto de espacialidad digno de la gente con plata. Tenían jardines que parecían parques, con piletas casi de natación, jacuzzis y no sabía cuántas cosas más tienen los chetos de este país.

    La mamá, en camisón y fatigada, pasaba los canales intentando encontrar algo que fuera digno de su entretenimiento pero como siempre, en la televisión nunca hay nada. Se detuvieron nuevamente en el canal de las noticias, donde ahora los titulares aparecían en un rojo furioso con la enorme palabra de ¡ALERTA!. Se veía el recinto del Congreso Nacional, los discursos de los funcionarios tan épicos como vacíos. Hablaban de ‘liberación nacional’, pero Jessica no entendía de qué hablaban. Le aburrían mucho las noticias hasta el punto de que le daban ganas de dormirse. Sentada en el sillón mullido buscaba su comodidad mientras escuchaba los discursos. Ese día se votaba el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Algo sabía de eso, había escuchado. Pensaba que el Fondo era algo así como ‘el cliente’, que le hacía préstamos a los jubilados con los que ella se comunicaba todos los días y escuchaba llorar al teléfono, le hacían recordar a su propia madre que estaba cerca de esa edad, pero todavía no cumplía con la cantidad de aportes. Por ahora podían alquilar con la pensión que había quedado del padre. Todo lo demás dependía de Jessica. Nunca le gustó ‘el cliente’. Le parecían estafadores que le prestaban dinero a los jubilados para luego cobrarles el quíntuple del préstamo, especulando con la magra jubilación para endeudarlos hasta la tumba.
    Entre estos pensamientos Jessica iba entrecerrando los ojos hasta que se dio cuenta que nunca había salido del trabajo. Pero la oficina estaba completamente vacía. Bajó por el ascensor y vio familias enteras que dormían en las puertas de los negocios cerrados.Caminaba hacia la boca del subte pero parecían cuadras y cuadras donde la peatonal jamás terminaba. En cada calle veía al menos 5 familias desparramadas en un colchón de dos plazas, o dos colchones, o diarios o lo que conseguían por ahí. En un contenedor de de basura habían por lo menos 3 nenes de no más de 9 años rascando en el fondo a ver si había algo para comer. Algunas madres tiradas todavía en los colchones o los diarios, amamantaban bebés o buscaban algún lugar para orinar sin que las viera nadie.

    Jessica sintió una angustia terrible. Parecía una ciudad postapocalíptica, y eso que la lluvia había cesado. “Por suerte”, se dijo, porque no quería imaginar esos colchones navegando por la calle, todas las cosas mojadas y deshechas. Decidió caminar para el otro lado, para la zona norte, a ver si podía encontrar la boca del subte que evidentemente perdió. No sabía si eran sus emociones, hasta ese punto descontroladas, o el sueño que tenía, lo que le había hecho perder la noción geográfica. La zona norte de la ciudad tenía esos parques enormes que le hacían acordar a las casas de los famosos por su espacialidad, como si no tuvieran fondo alguno. Desde ahí veía la punta de las villas que se expandían con el correr de los segundos. Pensó que se estaba volviendo ciega, o loca, o ambas, porque los límites entre la urbanidad y la suburbanidad se entremezclaban como si el territorio estuviera en un ring de boxeo contra sí mismo. Salió corriendo entre las calles vacías de tránsito pero llenas de gente famélica, de todas las edades, buscando refugio en las baldosas de la ciudad. Entre los negocios cerrados alcanzó a distinguir uno de electrodomésticos que promocionaba televisores de 70 pulgadas en la vidriera, uno encima del otro. Volvió a ver el cartel rojo furioso de los titulares del noticiero. Esta vez no decía ¡ALERTA! pero mostraba el Salón Blanco de la Casa Rosada. Ahí estaba el presidente, con el bando presidencial. Ahora distinguía el titular: “Fue aprobado el cogobierno”, y se veía a una mujer rubia que hablaba en inglés recibiendo un bandó presidencial de la Argentina.

    La alarmante situación la hizo abrir los ojos, pero esta vez de verdad. Habiendo dormido pero sin descanso, se frotó la frente y los ojos. Quería entender qué había pasado hasta ese momento. La televisión todavía seguía prendida y su mamá también dormía al lado de ella, sentada en el sillón y roncando con la boca abierta. La besó en la mejilla, agarró su mochila y salió por la puerta a donde ella opinaba que tenía que estar: en la calle.






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