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Irak: una rebelión plebeya complica los planes de Estados Unidos

La crisis política en Irak alcanzó el pasado fin de semana un punto de inflexión: miles de manifestantes ocuparon por un día la “zona verde”, el complejo gubernamental en el corazón de Bagdad.

Miércoles 4 de mayo de 2016

Fotografía:EFE/AHMED JALIL

La crisis política en Irak –prácticamente ignorada por los grandes medios- alcanzó el pasado fin de semana un punto de inflexión cuando varios miles de manifestantes ocuparon por un día la llamada “zona verde”, el complejo gubernamental en el corazón de Bagdad, que fue la fortaleza de Saddam Hussein y el símbolo de la ocupación norteamericana. El posible colapso del gobierno, e incluso de la unidad estatal es una mala noticia para Estados Unidos que ve peligrar su estrategia para combatir al Estado Islámico en Siria e Irak.

Durante 24 horas algunos miles de simpatizantes del clérigo chiita Moktada al-Sadr permanecieron en la “zona verde”, la ciudadela del poder históricamente inaccesible para el iraquí de a pie. Las fuerzas de seguridad no atinaron a responder, mostrando la debilidad del primer ministro Haider al-Abadi y del estado de conjunto frente al poder de la calle y de un político que una vez más se ha probado el traje de líder populista.

Según New York Times las escenas tenían un “dejo de revolución”. Muchos manifestantes mostraban júbilo, como si estuvieran por derribar una dictadura, incluso reproducían la caída de la estatua de Saddam Hussein. Y a la orden de su jefe, se retiraron con la promesa de volver en los próximos días, dejando a la vista del mundo la profunda crisis del sistema político iraquí heredado de la ocupación norteamericana.

La descripción sería exagerada si esta acción de los seguidores de al Sadr no fuera la punta del iceberg de un movimiento de protesta que viene desarrollándose desde hace meses por la falta de servicios públicos, los cortes de electricidad, el desempleo, la corrupción escandalosa, con picos de manifestaciones antigubernamentales de más de 200.000 personas en las últimas semanas.

En el centro está la demanda por poner fin al sistema de reparto de las cuotas del poder estatal según líneas religiosas y étnicas, bajo preeminencia chiita, que ideó Estados Unidos para mantener la unidad iraquí, copiando el modelo establecido en el Líbano a la salida de la guerra civil. No sin razón, una creciente proporción de iraquíes ven que este modelo no hace más que profundizar los enfrentamientos intrarreligiosos entre chiitas y sunitas (y también con los kurdos) que crearon las condiciones de surgimiento del Estados Islámico e hicieron posible que casi el 30% del territorio –incluyendo Mosul, la segunda ciudad del país- sea integrado al califato del EI.

El primer ministro al-Abadi, un chiita con relaciones con Irán pero más cercano a los intereses norteamericanos que su antecesor al Maliki, está bajo una doble presión: la del gobierno de Estados Unidos, que le exige que ponga sus recursos para combatir al Estado Islámico, y la de un movimiento popular, transversal a la división entre chiitas y sunitas, que exige empleo y condiciones de vida y está harto del clientelismo, en el marco de una crisis económica alimentada por la caída de los precios del petróleo y la guerra contra el EI que ha vaciado las arcas estatales.
En la brecha entre la situación interna y la presión externa se abrió camino al Sadr, el clérigo chiita que se hizo popular en los suburbios de Bagdad resistiendo la ocupación norteamericana en 2003-2004, pero que pocos años después protagonizó una sangrienta guerra civil contra la minoría sunita y otras fracciones shiitas que lo alejó de la escena política y lo llevó al exilio voluntario en Irán.

Al Sadr que se había ido como un líder “sectario” volvió con aspiraciones nacionalistas. Disolvió sus milicias responsables de crímenes atroces contra sunitas, las reemplazó por brigadas que se sumaron al combate contra el Estados Islámico. Y en las manifestaciones que organiza solo flamean banderas iraquíes en lugar de los retratos de referentes chiitas, muchos de ellos asesinados durante el régimen dictatorial de Saddam Hussein.

Aunque su línea es negociar con el gobierno de al-Abadi (y no tirarlo abajo), la demanda democrática del fin del sistema confesional toca una fibra profunda que va más allá de sus aspiraciones políticas. Esto explica la masividad del movimiento. A la vez, pone en peligro el inestable entramado del poder en Irak que ha mantenido hasta ahora una unidad ficcional del estado, que fue la política de Estados Unidos para lograr una precaria estabilidad, a su retiro en 2011.

La crisis hizo que el vicepresidente norteamericano Joe Biden, viajara al país el pasado 28 de abril para reasegurar la colaboración del gobierno y los líderes kurdos en la recuperación de la ciudad de Mosul, todavía bajo control del Estado Islámico.

Mientras tanto, el EI que viene en retroceso, escaló sus ataques contrarrevolucionarios contra los civiles chiitas, dejando decenas de víctimas en varios atentados suicidas.

La crisis en Irak se potencia con el recrudecimiento de los enfrentamientos en Siria, donde el régimen de Assad con apoyo de Rusia viene de perpetrar una nueva masacre en Alepo que pone en cuestión la salida diplomática por la que viene bregando el gobierno de Obama.

La emergencia de protestas populares en Irak es un síntoma alentador en el marco del período reaccionario abierto por la derrota de los procesos de la primavera árabe.






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