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Lesa humanidad

Sobreviviente de La Noche de los Lápices: “Declaramos desde hace 36 años, queremos justicia"

Pablo Díaz y Emilce Moler, sobrevivientes de la Noche de Los Lápices, brindaron testimonio en el juicio unificado de los Pozos de Quilmes, Banfield y El Infierno que juzga a 18 genocidas. El pedido de celeridad a la Justicia. Y la exigencia de cárcel común y efectiva para todos los responsables del genocidio.

Jueves 10 de junio | 18:52

Emilce y Pablo eran estudiantes secundarios y militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) en la ciudad de La Plata. Entre el 16 y el 21 de septiembre de 1976 fueron secuestrados junto a otros compañeros y compañeras en lo que, posteriormente, se conoció como La Noche de Los Lápices. Ambos testificaron una vez más, a 45 años del genocidio y en este largo camino de lucha contra la impunidad de ayer y de hoy.

Pablo Díaz: “Hace 37 años di mi primer testimonio, hoy lo vengo a ratificar”

El 21 de marzo de 1976 Pablo Díaz fue secuestrado de su casa por un grupo de tareas de fuerzas conjuntas. En el operativo no solo rompieron muebles, también robaron todo lo que tenían a su alcance. “Comprendí rápidamente lo que estaba sucediendo por los hechos que estaban sucediendo en La Plata. En diciembre de 1975, en mi barrio, ya habían secuestrado y aparecieron muertos varios amigos, entre ellos Patulo Rave”, relató Díaz al comenzar su declaración. Una prueba más que el plan de exterminio fue planificado con anterioridad al golpe de 1976.

Relató que desde principios del mes de septiembre ya habían secuestrado a estudiantes secundarios hasta que el día 16 donde fueron secuestrados María Claudia Falcone, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, Daniel Racedo y María Clara Ciocchini. Al siguiente día se llevaron a Emilce Moler y Patricia Miranda.

Díaz fue trasladado hasta el campo de Arana. Allí lo interrogaron sobre su participación en el movimiento estudiantil. Describió la ferocidad con que lo torturaron “buscando” información. “Cuando les decía que no, me aplicaban corriente eléctrica. Se sentía el olor a carne quemada. El campo de Arana fue un lugar de tortura continua”, graficó Díaz. Recordó que uno de los responsables del centro les decía: “Qué carajo tienen que hacer ustedes yendo a las villas si en sus casas tienen todo”, en relación a la militancia social que realizaban en los barrios.

Durante su cautiverio en Arana sufrió un simulacro de fusilamiento. En ese momento se acercó un capellán del Ejército para confesarlos y así “ir más puros al cielo”, recordó el testigo a lo que agregó: “En el paredón, los más chicos pedían por su mamá. Lo que uno sentía era que te habían matado. Fue un segundo, pero muy prolongado ese segundo”.

Posteriormente y, siguiendo el circuito de los traslados, fue llevado al Pozo de Banfield, donde estuvo aproximadamente tres meses. Allí conoció a Néstor Silva, hijo del ministro de Economía de San Luis durante la dictadura. Silva, quien había escuchado sobre “los adolescentes detenidos” le enseñó cómo comunicarse a través de las paredes. Allí se reencontró con algunos de sus compañeros y compañeras de la UES.

En dicho centro clandestino, fue testigo de al menos dos nacimientos; el parto de Gabriela Carriquiriborde fue uno de ellos. Afirmó que en Banfield había muchas embarazadas en estado avanzado y era el médico Jorge Antonio Bergés quien cuidaba de ellas.

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A lo largo de su declaración, brindó detalles de las torturas y vejaciones a las que fueron sometidos, tanto física como mentalmente. Hizo hincapié en las violaciones que sufrieron las compañeras detenidas, delito que, si bien fue denunciado durante varios años, según el testigo “nunca nadie me preguntó por los casos de violencia de género hasta hace dos años”.

A fines de septiembre de 1976, Pablo Díaz quedó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Fue llevado a la comisaría 3° de Valentín Alsina y luego trasladado a la Unidad 9 de La Plata. En 1979 denunció lo vivido ante la Cruz Roja.

Envuelto en una gran emoción compartió las últimas palabras que le dijo María Claudia Falcone antes de irse de Banfield: “Me pidió que todos los 31 de diciembre brinde por ellos. Aún lo sigo haciendo”.

Emilce Moler: “Declaro desde los 26 años, hoy tengo 62”

En el inicio de su testimonio, realizó una descripción sobre el camino recorrido desde su primera declaración en 1985 ante el Equipo de Antropología Forense. “Me permitió darme cuenta de la importancia de ser testigo de los centros clandestinos, de haber visto a determinadas personas, poder determinar una ruta; yo tenía 26 años y a partir de ahí tomé conciencia y fui atesorando todos los detalles en la memoria, de lo que pude, para brindarlos a lo largo del tiempo en los distintos ámbitos judiciales para que se pudiera juzgar lo ocurrido”.

Siendo estudiante del colegio Bellas Artes y militante de la UES, fue secuestrada el 17 de septiembre de 1976 por un grupo del Ejército Argentino. En el mismo operativo también secuestraron a Patricia Miranda. Fueron llevadas al Pozo de Arana, al que describió como “el infierno, un lugar donde uno perdía la identidad, donde uno dejaba de ser persona y se convertía en una cosa, en una cosa a merced de otros”.

En Arana compartió cautiverio con Claudia Falcone y María Clara Ciocchini. También estuvo Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Claudio de Acha y Daniel Rasero, compañeros de la UES.

Fue trasladada al Pozo de Quilmes. Estuvo allí hasta diciembre. A los pocos días de llegar a Quilmes, recibió la visita de su padre. “Yo tuve la fantasía de pensar que me podía ir con él y él me dijo que no, que la vida mía dependía de Vides y de Etchecolatz".

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En Quilmes, reconoció a Nilda Eloy, compañera de Bellas Artes, mayor que ella y referente del colegio. Hizo una mención particular al piso donde se alojaban los presos comunes. “Eran muy solidarios con nosotros, especialmente los domingos cuando tenían visita, si los guardias que estaban se lo permitían nos acercaban alguna de las comidas que les habían acercado”.

A finales del mes de diciembre, quedó a disposición del PEN. Junto a Patricia Miranda, Marta Eriquez, Gustavo Calotti y Walter Docters fueron trasladados a la comisaría de Valentín Alsina, donde pudieron recibir visitas familiares.

En enero de 1977, con 17 años, Moler fue llevada a la cárcel de Villa Devoto. Recordó los cargos por los cuales se la imputaba, al llegar a la cárcel: tenencia de guerra, tenencia de explosivos, asociaciones ilícitas.

Recibió visitas y se fue enterando de lo que sucedía afuera: “Me contaron que habían matado a Daniel Mendiburu Eliçabe, mi primo directo. Había muerto en la casa de lo que se llamó “la calle 30”, en el caso de Chicha Mariani y Clara Anahí. Al tiempo también mi madre me contó que un primo segundo, Patricio Tierno que estaba preso en el Chaco lo habían sacado y lo habían matado en lo que se conoció como la Masacre de Margarita Belén”.

En su descripción de Devoto, Moler afirmó que “era un lugar en el que lo que se trataba de buscar era la destrucción, hasta los curas que daban la misa nos insultaban… Todo era para para destruirnos. No sabía cuándo iba a salir. Cumplí los 18, cumplí los 19… y un día inesperadamente me comunican que me dan la libertad vigilada”, relató Moler.

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Hacia el final de ambos testimonios, el recuerdo de los y las compañeras brota a flor de piel, acompañado por el permanente pedido de justicia. “En estas causas se extrañan las presencias de Nilda Eloy, Cristina Gioglio, Adriana Calvo de Laborde; y como testimonios que tienen que ver con estas causas Jorge Watts, Cristóbal Mainer y, por supuesto, tenemos que hablar de Julio López, nuestra herida abierta en esta democracia, en la que seguimos preguntando dónde está”, afirmó Moler.

Por su parte, Díaz pidió: “Sáquenle la prisión domiciliaria. El crimen de les humanidad es el peor crimen del mundo. Pido juicio, castigo y cárcel común”.

"Pero falta, porque los genocidas, hicieron una sola cosa, pero la hicieron muy bien: que fue callar, callar. Y por lo tanto nosotros no sabemos dónde están los cuerpos de los compañeros y compañeras detenidos desaparecidos. No sabemos dónde están los cuerpos de los chicos de la Noche de los Lápices, no sabemos dónde están los nietos que tenemos que recuperar, y por eso seguimos hablando, y por esos seguimos testimoniando a pesar de hacerlo desde hace 36 años”, culminó Moler.






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